‘Triple encrucijada’, el segundo poemario de Pablo Suárez González, llega a las librerías de toda España

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El terreno natural del poeta es la palabra que, mezclada (no agitada) con la propia vivencia, marca las obras literarias para lograr la personalidad o la individualidad sobre el mundo. Bien sabe todo esto el poeta Pablo Suárez González, que revierte el pensamiento en propiedad y circunscribe su territorio a las particularidades de su día a día: las clases en la facultad de Geología en la cual es profesor, los paseos por la naturaleza, el interés sobre la espiritualidad o la trascendencia, etc., para ofrecer su segundo poemario Triple encrucijada (editorial Cuadernos del Laberinto. Madrid, 2023) donde el tiempo abstracto y universal se materializa, haciéndose individual para cada persona. Triple encrucijada es donde Occidente mira alrededor y descubre, aprendiendo a través del dolor, su tronco anclado en tres raíces inmemorialmente bañadas por la misma savia, en continua migración e intercambio: la antigua sabiduría de la sangre semítica de oriente medio, la razón madurada en diálogo del mundo grecolatino y la juventud apasionadamente arrolladora de lo norteamericano.

Triple encrucijada, es la representación de ese simbólico cruce de caminos en el que Sófocles imaginó a Edipo enfrentándose a su destino y que hoy Pablo Suárez González ofrece con gran erudición. Literatura con todas las letras para profundizar en la civilización y en el ser íntimo. Un libro recomendable para todos aquellos que valoran la belleza y el pensamiento.

Triple encrucijada, su segundo poemario, acaba de llegar a las librerías de toda España. ¿Qué va a encontrar el lector bajo este título, qué significa este trenzado literario?

—El libro está compuesto de tres partes muy diferentes, pero que, efectivamente, están entrelazadas, con temas y estructuras comunes. Creo que esas partes representan tres aspectos complementarios de cada persona: la primera parte se centra en el medio natural que nos rodea, la segunda en el contexto histórico en el que vivimos y la tercera se acerca los aspectos más emocionales. Y, aunque cada una de ellas trata temas diferentes y con formas poéticas muy distintas, todas tienen la misma estructura, siguiendo un ciclo anual, por lo que se pueden leer de forma circular: empezar por donde se quiera y, al acabar, seguir leyendo por el comienzo.

Por ahí va un poco el sentido del título, pues cada una de las partes puede entenderse como un camino y nuestras vidas serían el punto en el que confluyen. Aunque, en realidad, el título en sí viene de Edipo rey, la tragedia griega, pues Sófocles insiste varias veces en que el momento clave de la historia de Edipo, donde se fraguó todo su destino, aunque él no lo supiera, tuvo lugar en una «triple encrucijada». Ese enfrentarse a tres caminos y tener que elegir uno, que va a definir todo tu futuro, me resultó muy sugerente: cada pequeña decisión, cada paso, tiene una enorme importancia, aunque no nos demos cuenta, pues nos está condicionando y llevando en una dirección.

—Cada una de las partes del libro está encabezada por una cita en idiomas diferentes, inglés, hebreo y griego, y llama la atención que estén escritas además en el idioma original.

—Sí, para este libro he buscado inspiración en las que se pueden considerar las tres influencias principales de la literatura occidental contemporánea: la semítica, la greco-latina y la anglosajona. Otra tríada que encaja con el título. Esos tres mundos están relacionados entre sí, pero tienen tradiciones, puntos de vista y poesías muy distintas, que se complementan. El poner las citas en su idioma y alfabeto original creo que viene porque a mí me interesan mucho los idiomas, sobre todo sus aspectos más tangibles: lo sonoro y lo visual. Y creo que esos aspectos son fundamentales en poesía.

Aunque la poesía empezó siendo oral, donde lo importante era el sonido, hoy en día la leemos escrita y su disposición gráfica es fundamental. Por eso, aunque yo no sepa leer hebreo, árabe o chino, cuando leo poesía de esos idiomas, traducida, intento buscar la versión original, porque me causa mucha curiosidad cómo se ven escritos esos versos. Y, si puedo, intento también buscar versiones recitadas, para poder disfrutar del sonido y del ritmo original de esos versos.

—Es llamativa la escasez de personas en la primera parte del libro, donde la naturaleza es la reina. ¿Qué importancia tiene la naturaleza (árboles, minerales…) en tu inspiración?

—Soy geólogo y me dedico a la investigación y la enseñanza de la naturaleza, así que es inevitable que sea una gran fuente de inspiración. Efectivamente, en la primera parte, Odas de la Dehesa, hice un esfuerzo por eliminar lo personal, el yo poético. No hay primeras ni segundas personas, lo que lo hace más descriptivo, o incluso narrativo. Creo que a veces los poetas hablamos demasiado de nosotros mismos. Mi primer libro sí fue un poco más personal, más íntimo, y quizás por eso en este he intentado alejarme algo del yo. La primera parte está basada en mis paseos por la Dehesa de la Villa, un parque grande de Madrid, del que viví muy cerca varios años y en esos poemas los protagonistas no son las personas, sino los granos de arena y la hierba que pisan, la lluvia o el sol que caen sobre ellos, los árboles que les dan sombra o el resto de animales con los que conviven. Y las rutinas, los ciclos casi rituales que los envuelven a todos. Me parece un buen ejercicio intentar ponernos a las personas al mismo nivel que el resto de elementos de la naturaleza, pues somos parte de ella, aunque se nos suela olvidar. Una cura de humildad poética, quizás. 

—Otro gran tema que se puede entrever en tu obra es la espiritualidad y las religiones. Un tema que en el pasado era clave para el mundo del arte y que hoy parece algo escondido, aunque el ser humano siempre busca la trascendencia y preguntarse por estos temas fundamentales. En tu libro, no solo se hacen esas preguntas, sino que además se usan formas poéticas de la Biblia. ¿Qué puedes decirnos de todo esto?

—La poesía es una de las mejores herramientas para esas preguntas trascendentes que mencionas. Por eso las religiones siempre usan lenguaje poético. Eso es lo que me ha interesado de las religiones para este libro: no sus dioses o su fe, sino la poesía que utilizan como vehículo para intentar acercarse a lo que no se puede expresar con el lenguaje común. Los mitos y los rituales de cualquier cultura están llenos de poesía y la Biblia está llena de poesía. Como bien dices, en la segunda parte del libro, Lamentaciones, utilizo el ritmo y la estructura de las Lamentaciones bíblicas, que son poemas acrósticos, en los que cada verso empieza con una de las letras del alfabeto. Además, las Lamentaciones bíblicas son poemas sobre la destrucción de una ciudad, un género heredado de tradiciones mesopotámicas anteriores. Y esa temática me ha servido para traer esos antiguos poemas semíticos al presente y hablar sobre destrucciones actuales: guerras, migración, pobreza… En esta parte, también he huido del yo poético y he intentado ponerme en otras voces, escribiendo en plural o en femenino y desde la perspectiva de los que en este capitalismo feroz actual no pueden contar su punto de vista.  

—Pessoa decía que «la vida no basta, y por eso existe la literatura». ¿Cuáles son los motivos por los que sientes tú esa necesidad de escribir?

—La vida está llena de literatura y la literatura llena de vida. Están tan entremezcladas que hasta las confundimos muy a menudo. Uno de los motivos fundamentales para escribir, siempre es la necesidad de reflexionar sobre nuestra propia vida o sobre la vida en general. La necesidad de pensarla y decirla con otras palabras y con otro ritmo. Precisamente la tercera parte del libro, Hojas de agenda, es una especie de diario poético: poemas breves, de cuatro versos, que fui escribiendo cada semana en una agenda a lo largo de un año, como herramienta para la reflexión. Pero, en mi caso, la motivación para la escritura no es siempre mi vida. La literatura sobre uno mismo, lo que siente y lo que le pasa creo que puede llegar a ser un poco aburrida, para el que lee y para el que escribe. Algo que a mí suele animarme a escribir es una cierta intención innovadora: intentar hacer algo que no se haya hecho antes, o que no esté muy manido. En este libro, por ejemplo, me motivó mucho a escribir las Lamentaciones el no encontrar ninguna recreación actualizada de las lamentaciones bíblicas que imitara el ritmo y la estructura de los poemas originales.

—¿Qué ingredientes debe tener un buen poema?

—Qué difícil pregunta. Creo que tendemos a pensar que el secreto de un buen poema está en el contenido, en que trate un tema universal y lo enfoque desde una perspectiva que nos llegue, que nos «toque la fibra», como se suele decir. O que use determinados recursos retóricos. Pero yo estoy convencido de que los ingredientes clave están en la forma, no en el contenido. Yo diría que son el ritmo y la sonoridad de las palabras usadas. Puede que lo que más nos «toque la fibra», en realidad, sea el sonido, la musicalidad. El secreto estaría en encontrar las palabras que juntas generasen la combinación perfecta de sonido y sentido que hiciera que su significado conjunto fuera más allá que el de las propias palabras. 

—¿Cómo valora la rima y la métrica un poeta del siglo XXI? 

—Son solo unas herramientas más para alcanzar ese objetivo de sonido y sentido que acabo de comentar. Ya no tienen el papel central que tuvieron a lo largo de la historia de la poesía en español. En este libro, por ejemplo, sí que he usado esporádicamente la rima, en algunos poemas de Hojas de agenda y de forma más sutil en las Odas de la Dehesa. Lo que, para mí, sigue siendo indispensable para la poesía es el ritmo. Porque otras tradiciones poéticas no se centran tanto en la rima ni han tenido ritmos métricos, basados en que los versos tengan un número determinado de sílabas. Pero todas las tradiciones tienen alguna forma de buscar un ritmo determinado, diferente del ritmo del lenguaje común o de la prosa. El ritmo de las Lamentaciones bíblicas, por ejemplo, es un ritmo acentual, en el que cada verso tiene un número determinado de sílabas acentuadas. En concreto, cinco: tres en la primera parte del verso y dos en la segunda. Ese tipo de ritmo acentual, que no es tan común en la tradición española, es el que he intentado buscar en mis Lamentaciones.

—Es normal hablar sobre la documentación que hay detrás de una novela, pero no suele pensarse en la que hay tras un poemario ¿Cómo fue en tu caso para crear Triple encrucijada?

—Es verdad. Quizás sea por eso de que la poesía solemos asociarla a un yo creador, a una voz poética muy marcada y nos olvidamos de que nuestras voces nunca son estrictamente nuestras, sino la suma de muchas influencias. En Triple encrucijada sí que hay bastante trabajo de documentación e investigación detrás. Leí mucho, sobre todo, de la historia y la estructura de las lamentaciones bíblicas y mesopotámicas, para acercarme lo más posible a las formas poéticas originales. Pero también busqué inspiraciones diferentes para encontrar el ritmo que quería imprimirles a las Odas de la Dehesa, un ritmo fluido e incluso algo acelerado, que se prestara a la recitación. Intenté empaparme de Whitman y del propio Rosales, pero también de ejemplos contemporáneos como la mezcla perfecta de poesía, rap y teatro de Kae Tempest.

—¿Qué libro estás leyendo y qué poemario nos recomendarías?

—Justo acabo de terminar un libro que me ha impactado mucho: El cuadro del dolor, de Ana Castro. Poesía que consigue ponerle las palabras precisas a algo tan difícil de explicar y de hablar como el dolor. Eso es lo maravilloso de la poesía y lo que la hace única: transmitir al lector, mediante la palabra, algo para lo que precisamente no tenemos palabras. Y un poemario que siempre recomiendo y que creo que no debemos olvidar es La casa encendida, de Luis Rosales. Estamos hablando de un Premio Cervantes, no es nada raro o desconocido, pero me parece que ya no se lee. Y, aunque sea un libro de hace más de 70 años, tiene un ritmo y una estructura tremendamente actuales. Ha sido una gran influencia para mis Odas de la Dehesa.

Y amanece la niebla,

engendrada en la entraña del suelo,

no creada en el aire,

de la misma naturaleza que la humedad de los árboles.

Niebla que atenúa y esconde el espacio que acaricia.

Niebla que llena a las criaturas de vacío y anhelo de luz.

Proyecto de paisaje o espectro de presencia,

todos los instantes de la noche convergieron hacia esta calma,

solo alterada por algunos gorriones,

habitantes de otras horas,

inquietos buscadores de cobijo.

No dura mucho aquí la niebla, apenas una mañana:

el sol derrite rápido el espejismo, transformándolo en sorpresa,

aliento repentino en los rincones.

Moléculas excitadas chocan unas contra otras,

en el nombre del ritmo,

y vibran en una improvisada sinfonía superficial:

por debajo, el telón no ha subido,

las raíces siguen esperando su momento,

atrapadas en el abrazo frío de la tierra.

4 1

Deliberadamente inútil, como un fogón encendido sin olla,

es una persona cuando no sueña, cuando no recuerda.

Aviva el alma, despierta, y pon tus sesos al viento:

que no se desperdicie, que no arda en vano tu corazón.

4 8

Como la isla que no aparece en el mapa,

como la escalera de un edificio en ruinas.

Para terminar así, libre, solo y lejos,

como el viajero que perdió el último tren.


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