El Palacio de Deportes Carolina Marín de Huelva acogió este jueves, 29 de enero, la Misa funeral por las víctimas del accidente ferroviario ocurrido en Adamuz, una celebración que reunió a familiares, autoridades civiles y eclesiásticas y numerosos fieles. Al acto asistieron Sus Majestades los Reyes de España, Felipe VI y Letizia, que acompañaron a las familias durante toda la ceremonia.
La Eucaristía estuvo presidida por el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, y concelebrada por el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Javier Argüello, el obispo emérito de Huelva, José Vilaplana, y el obispo de Córdoba, Jesús Fernández, junto a más de un centenar de sacerdotes de distintas diócesis. El Evangelio fue proclamado por el diácono Marcelo Zeballos. Asistieron también al oficio el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla; María Jesús Montero, vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Hacienda; Luis Planas, ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación; Ángel Víctor Torres, ministro de Política Territorial y Memoria Democrática; Alberto Núñez Feijóo, jefe de la oposición; Pedro Fernández Peñalver, delegado del Gobierno en la Comunidad Autónoma de Andalucía y Pilar Miranda, alcaldesa de Huelva, entre otras autoridades.
Según datos de la organización, 4.350 personas participaron en la celebración. Los 336 familiares de las víctimasocuparon un espacio reservado en la pista central del recinto, habilitado con más de 500 asientos gracias a la colaboración de la Diputación Provincial. La Coral Polifónica de la Merced acompañó la liturgia.
El altar estuvo presidido por la imagen de Nuestra Señora de la Cinta, patrona de Huelva, y por el crucifijo utilizado por San Juan Pablo II durante su visita a la diócesis en 1993. En su homilía, el obispo de Huelva expresó la cercanía de la Iglesia a las familias afectadas y recordó que la fe cristiana acompaña el dolor y el duelo, sin eludir las preguntas que surgen ante una tragedia de estas características.
Antes de la bendición final intervino Liliana Sáenz, hija de una de las víctimas, en representación de las familias. En su intervención agradeció la celebración del funeral y el apoyo recibido por parte de la diócesis, del pueblo de Adamuz, de los servicios de emergencia, de las fuerzas de seguridad y de las instituciones públicas. También subrayó que las víctimas no deben ser recordadas únicamente como una cifra, sino como personas con historias y vínculos familiares.
El acto contó con una amplia cobertura mediática, con más de 160 profesionales acreditados, y permitió el seguimiento de la celebración desde distintos puntos del país. De forma paralela, comunidades religiosas de varias diócesis se unieron a la oración.
La organización del funeral fue posible gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Huelva y la Diputación Provincial. El consistorio habilitó un servicio especial y gratuito de transporte urbano y mantuvo operativo un dispositivo sanitario durante toda la celebración.
El funeral concluyó sin incidencias, en un ambiente de respeto y recogimiento, como acto central de duelo y acompañamiento a las familias de las víctimas del accidente.
Lectura íntegra de Liliana Sáenz en representación de las víctimas
Majestades, excelentísimas autoridades civiles y eclesiásticas que nos acompañáis…
Hoy, cuando el vendaval que recorre nuestro interior parece intentar calmarse, queremos empezar estas palabras dando las gracias.
En primer lugar, gracias a nuestra Diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre, en su advocación cinteña.
Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo.
Gracias a los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía… gracias, incluso, a los que lo hacéis por agenda.
Gracias al pueblo de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y que nunca olvidará, así como a la ciudad cordobesa, a los que nos sentimos y nos sentiremos unidos para siempre… sin pensar en las consecuencias, no dudaron en sumirse al caos de los hierros retorcidos, de la sangre, del dolor y de las lágrimas.
Acompañaron a nuestros heridos hasta que estuvieron seguros de que estaban a salvo y luego nos acompañaron en nuestro lamento… pusieron a nuestra disposición el sustento y el cobijo de esos amargos días, pero, sobre todo, pusieron todo su cariño, su entrega y su deseo de hacer que ese duro momento doliera un poco menos.
Gracias a los cuerpos de seguridad y emergencias que acudieron prestos, como siempre, a la llamada… hicieron lo que pudieron con la información y los medios de los que disponían… gracias por vuestra empatía, vuestra cercanía y vuestro afecto en los días posteriores.
Gracias a la sanidad andaluza, sin duda sostenida por los profesionales que la integran. Yo sé lo que es volver a casa de una guardia mala y abrazar a tus hijos porque sabes que alguien ya nunca podrá volver a hacerlo con el suyo. Yo sé lo que es intentar sanar el cuerpo de alguien que tiene el alma herida de muerte… tuvo que ser durísimo, compañeros, gracias.
Gracias al personal y voluntarios de Cruz Roja, que no han soltado nuestra mano en ningún momento…
Si no puedes curar, alivia…
Si no puedes aliviar, consuela…
Si no puedes consolar, acompaña…
Gracias a nuestras instituciones autonómicas, que se pusieron de frente desde el minuto cero, soportando el caos y los envites de nuestra propia angustia… permitidme, no obstante, una crítica a la lentitud de la información pues, creedme, es mejor saber que imaginar.
Gracias también, como no, a las pequeñas corporaciones locales cuyos vecinos iban corriendo la voz de que algo grave estaba azotando los cimientos de la comunidad y sintieron nuestro quebranto como el suyo propio… querida Pilar, queridos alcaldes… habéis demostrado que hay que ser grandes como personas para poder ser grandes como servidores públicos.
Y gracias, infinitas gracias a Huelva, nuestra querida ciudad bendecida por el sol, que no ha dejado de arroparnos de una forma extraordinaria, haciéndonos llegar la grandeza de su amor y su propio dolor, intentando así que el nuestro fuera un poco menos desgarrador.
Y así han ido pasando los días y el dolor va dejando paso a los recuerdos y nuestro corazón, aún con la misma espada clavada, empieza a esbozar pequeñas y tímidas sonrisas cuando mil estampas pasadas irrumpen continuamente en nuestra mente.
Yo tendría algo más de pocos años cuando un día le pregunté a mi madre: “Mami, ¿tú cuánto dinero ganas?”. Supongo que sería algo que hablábamos entre chiquillos.
“Lo justo, cariño”, me dijo ella, “porque lo que queda en mi cuenta a final de mes no es mío”.
“¿Y de quién es, mamá?”, le pregunté porque no lo comprendía.
“De los demás”, me dijo ella.
Así era mi madre… generosa con todo lo que tenía, generosa con sus ganas, generosa con su tiempo, generosa con sus sonrisas… así era ella.
Y es que lo que perdimos ese fatídico domingo 18 de enero no era sólo una cifra… eran vagones llenos de virtudes y defectos, eran vagones llenos de triunfos y derrotas, eran vagones llenos de anhelos y silencios… eran vagones llenos de esperanza.
Porque ellos no sólo son los 45 del tren…
ellos eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos…
Ellos no sólo son los 45 del tren…
ellos eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas…
Ellos no sólo son los 45 del tren…
ellos eran la ilusión de buscar un futuro mejor, la alegría de disfrutar momentos en familia o el deseo de volver con nuestros seres queridos… ellos eran eso que ya nunca serán…
Porque ellos no son sólo los 45 del tren,
ellos eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta.
Ellos no son sólo los 45 del tren…
pero son los 45 del tren…
Y nosotros…
nosotros somos las 45 familias a las que se les paró el reloj a las 7:45 de aquella fatídica tarde.
Somos las 45 familias que se abrazaron en aquel centro cívico, donde el paso del tiempo se iba inundando de silencio y el silencio iba dejando paso al llanto cuando empezamos a comprender, en el lento avance de las horas, que volveríamos sin ellos.
Somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y el beso que no damos es el que más recordamos.
Somos las 45 familias que cambiarían todo el oro de este mundo, que ahora no vale nada, por poder mover las agujas del reloj tan sólo 20 segundos.
Y también somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad, porque sólo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará.
Sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que…
En los brazos de la Virgen
ahora duermen
y el regazo de una Madre que los quiere
es quien los mece.
Virgencita de la Cinta,
Patrona de este gran pueblo,
dales paz, serenidad,
descanso eterno.
Virgen bella, Virgen guapa,
no los sueltes de tu vera,
que no sientan el dolor,
que no sientan la miseria.
Que el amor y la verdad
los cobije para siempre
y en el abrazo de Dios
la vida venza a la muerte.
Madre de la Almudena,
Virgen que guía el camino,
llévales el beso mudo,
ese adiós que no les dimos.
Remedios, Madre querida,
Reina del aljaraqueño,
bríndales tus firmes manos,
que ya nunca tengan miedo.
Madre del Amor Hermoso,
Reina de la Victoria,
Dolores del negro luto,
concédeles Tú la gloria.
Y guía también nuestras vidas,
humilde Virgen del Sol,
y que la misericordia
lata en nuestro corazón.
Haz que cese este dolor,
Virgen morena del Carmen,
llévate esta cruel espada
con la espuma de los mares.
Y Tú, Virgen del Rocío,
la que alumbra mis desvelos,
la que siempre me acompaña
cuando me rompo por dentro,
abraza sus corazones
y llévales un suspiro
con una canción de amor
por los años compartidos.
Diles que tenemos paz
y que seremos valientes,
que el odio no nacerá
en la rabia que nos crece.
Que volverán las sonrisas
y seguiremos viviendo,
y este amor no morirá,
vivirá de sus recuerdos.
Diles Tú, Blanca Paloma,
Pastora de la Rocina,
que siempre los sentiremos
con el sol o con la brisa.
Y que con fe esperaremos
a que llegue ese momento
en el que Dios nos abrace
y así volvamos a vernos.
Descansen en paz…






