Hay una palabra que aparece una y otra vez en la conversación con Uxue Berruete: contexto. Para esta psicóloga sanitaria y deportiva, entender lo que le ocurre a una persona pasa necesariamente por mirar alrededor, por conocer sus circunstancias, sus relaciones, sus hábitos y aquello que está sucediendo en su vida.
No entiende la psicología como un catálogo de etiquetas ni como una búsqueda rápida de soluciones. Tampoco cree que todo el mundo necesite acudir a terapia. Su planteamiento parte de algo mucho más cercano: escuchar, evaluar, comprender qué está ocurriendo y ayudar a la persona a introducir cambios allí donde realmente se está manteniendo el malestar.
Uxue Berruete trabaja fundamentalmente con población adulta y desarrolla dos áreas que, aunque puedan parecer diferentes, tienen muchos puntos de encuentro: la psicología sanitaria y la psicología deportiva. Ansiedad, bajo estado de ánimo, autoestima, habilidades sociales, comunicación, motivación, lesiones, competición, retirada deportiva o gestión de la frustración forman parte de su trabajo.
Y quizá no sea casualidad que haya terminado uniendo ambas especialidades. Ella misma fue deportista y conoció desde dentro algunas de las dificultades psicológicas que pueden aparecer cuando competir deja de ser solamente una cuestión física.
Dos carreras para entender dos mundos
«Yo he hecho deporte», explica Uxue. Su propia experiencia fue una de las razones que la llevaron a interesarse por la psicología deportiva. Había comprobado que, en determinados momentos de la competición, la parte psicológica podía convertirse en una dificultad importante.
Cuando llegó el momento de elegir sus estudios, decidió no escoger entre sus dos intereses. Estudió Ciencias del Deporte y Psicología al mismo tiempo, una de manera presencial y la otra a distancia. Posteriormente se especializó tanto en psicología deportiva como en psicología sanitaria.
«Cuando estudié Psicología en la carrera también me gustó mucho el área sanitaria», recuerda. Así fue construyendo un perfil profesional que hoy combina ambas vertientes.
En la parte sanitaria, explica, una de las problemáticas más habituales que encuentra en adultos es la ansiedad. Puede aparecer en forma de fobias, ansiedad generalizada o vinculada a diferentes situaciones, entre ellas el contexto laboral.
También trabaja con personas que atraviesan bajos estados de ánimo, problemas de autoestima, dificultades en las habilidades sociales o la comunicación y otras situaciones relacionadas con la vida adulta.
Pero Uxue insiste en que no conviene entender cada problema como una pieza aislada.
Ansiedad, autoestima y bajo estado de ánimo: todo puede estar relacionado
«Ansiedad, depresión, autoestima… son etiquetas, pero eso al final no describe nada», explica durante la conversación.
La realidad, a su juicio, es bastante más compleja. La ansiedad y el bajo estado de ánimo pueden aparecer juntos, aunque no necesariamente tiene que ser así. Una persona que empieza a evitar determinadas situaciones porque le generan ansiedad puede terminar dejando de hacer actividades que antes le proporcionaban bienestar.
Y ahí puede comenzar otro proceso.
«Cuanto más cosas dejo de hacer que me hacen sentir bien, es más probable que me empiece a sentir mal también», señala. A ello puede sumarse la rumia, esos pensamientos que se repiten una y otra vez y que pueden terminar alimentando todavía más el malestar.
Por eso, para Uxue Berruete, no se trata simplemente de identificar una etiqueta, sino de comprender cómo está funcionando cada caso concreto.
Y ahí vuelve a aparecer el contexto.
«No se puede separar la conducta del contexto»
La vivienda, la situación económica, el entorno laboral, las relaciones personales, el estilo de vida o las redes sociales forman parte de ese contexto que, según explica, puede influir en cómo una persona piensa, siente y actúa.
Vivimos, además, en una época marcada por la sensación de tener que estar permanentemente haciendo algo.
«Tenemos que estar siempre produciendo, tenemos que estar siempre generando, tenemos que estar siempre haciendo cosas», apunta. Como si detenerse significara estar perdiendo el tiempo.
Las redes sociales añaden otra capa. La exposición constante a las vidas aparentemente perfectas de los demás puede favorecer la comparación.
«Ahora en verano parece que todo el mundo se ha ido de vacaciones a sitios superguays», comenta. Y esa comparación permanente puede terminar generando malestar.
Por eso considera fundamental mirar a la persona dentro de sus circunstancias. Una misma situación puede afectar de manera diferente a personas distintas, precisamente porque también son diferentes sus contextos y sus recursos para afrontarla.
¿Cuándo es el momento de pedir ayuda?
Una de las preguntas más habituales cuando se habla de salud mental es cuándo un malestar deja de ser algo puntual y empieza a convertirse en un problema que requiere ayuda profesional.
Uxue introduce aquí un matiz importante: no todo el mundo necesita acudir a un psicólogo.
Hay personas que cuentan con recursos y habilidades suficientes para afrontar determinadas situaciones por sí mismas, y eso también está bien.
Una señal a tener en cuenta aparece cuando aquello que estamos viviendo empieza a interferir en diferentes áreas de nuestra vida.
«Me está interfiriendo que estoy dejando de quedar con mis amigas», ejemplifica. O puede ocurrir que la ansiedad dificulte levantarse de la cama, acudir al trabajo o desarrollar actividades que antes formaban parte de la vida cotidiana.
No existe, por tanto, un momento idéntico para todo el mundo. La clave está en cómo ese malestar está interfiriendo en la vida de cada persona.
Una terapia que comienza por entender qué está pasando
Su manera de trabajar parte de una evaluación inicial. Después llega la devolución a la persona: explicarle qué está ocurriendo, qué factores pueden estar manteniendo la problemática y por qué se plantea trabajar determinadas cuestiones.
A partir de ahí se establecen los objetivos de terapia, siempre acordados con la persona.
«La persona sabe en todo momento qué es lo que se está trabajando, por qué y para qué se va a trabajar», explica.
Después llega la intervención y, una vez alcanzados los objetivos, una fase de seguimiento destinada a comprobar que los cambios se mantienen y a afianzarlos.
Tampoco hay plazos mágicos. La duración depende de cada caso, de la frecuencia de las sesiones, de la motivación y de las circunstancias que puedan aparecer durante el proceso.
«Nunca vamos a poder decir: en tres sesiones ya vas a estar bien», afirma.
Porque el objetivo tampoco consiste necesariamente en eliminar cualquier malestar.
«El malestar es inherente a la vida», recuerda Uxue. Algunas emociones desagradables forman parte de la experiencia humana y también cumplen una función. Aprender a tolerarlas y gestionarlas puede ser, en determinados casos, una parte importante del proceso terapéutico.
Del deporte a la psicología deportiva
Su otra gran área de trabajo nace directamente de su propia experiencia.
En el deporte de alto rendimiento, explica, existe una particularidad: buena parte de la vida del deportista está orientada hacia el rendimiento. El problema es que el resultado no es una variable que podamos controlar directamente.
Un deportista puede entrenar bien y competir mal. Puede aparecer un nivel de activación excesivo que dificulte la toma de decisiones, aumente los errores y termine generando frustración.
Y entonces puede aparecer el bucle: más errores, más frustración, más pensamientos repetitivos, menor motivación y pérdida de autoconfianza.
La psicología deportiva trabaja también con una de las situaciones más delicadas para cualquier deportista: las lesiones.
Parar, dejar de entrenar y enfrentarse después al regreso puede generar miedo a volver a lesionarse. Ese temor puede hacer que el deportista esté excesivamente pendiente de determinados movimientos, aumente su activación y pierda naturalidad.
Uxue subraya, eso sí, que el trabajo con una lesión es multidisciplinar y que en él intervienen profesionales como fisioterapeutas, médicos, entrenadores y otros especialistas.
También hay psicología en el deporte de todos los días
La psicología deportiva no pertenece exclusivamente al alto rendimiento.
Un adolescente que compite puede sentir ansiedad antes de una competición. Un jugador puede verse afectado por no ser titular. Un o una deportista puede compararse constantemente con sus compañeros y sentir que es peor que ellos.
Y también puede influir el entorno familiar.
Las expectativas que padres y madres depositan sobre sus hijos e hijas deportistas pueden tener un peso importante. Por eso, explica Uxue, la psicología deportiva también puede trabajar con entrenadores y entrenadoras y con el entorno, abordando cuestiones como la motivación o la manera de comunicarse con los deportistas.
De nuevo, todo depende de la persona y de cómo perciba lo que está ocurriendo.
Aprender a convivir con la frustración
Hay una última idea que atraviesa buena parte de la conversación: la frustración.
En el deporte puede aparecer después de cometer un error. En la vida cotidiana, ante un «no», ante algo que no sale como esperábamos o ante una situación que no podemos controlar.
Pero Uxue introduce una mirada diferente: la frustración es una emoción más.
Las emociones desagradables no son agradables de sentir, reconoce, pero tienen una función y transmiten información. Por eso no se trata necesariamente de evitarlas.
«Hay que sentirlas, hay que vivirlas», explica.
Quizá ahí esté una de las claves de su manera de entender la psicología: no en prometer una vida sin ansiedad, sin tristeza, sin miedo o sin frustración, sino en ayudar a las personas a comprender lo que les ocurre y a desarrollar herramientas para relacionarse de otra manera con aquello que forma parte de su vida.
En una sociedad que parece pedirnos estar siempre bien, producir constantemente y mostrar hacia fuera una versión perfecta de nosotros mismos, detenerse a entender qué está pasando dentro puede ser, sencillamente, un buen punto de partida.
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Uxue Berruete Psicología
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