El cambio climático de origen humano no solo estuvo presente, sino que fue un factor decisivo en la devastadora dana que golpeó Valencia el 29 de octubre de 2024. Así lo determina un estudio liderado por la Universidad de Valladolid y la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), con la participación del CSIC y varios centros internacionales de referencia.
La investigación cuantifica por primera vez el impacto directo del calentamiento global en las tormentas que desencadenaron las inundaciones relámpago y concluye que la influencia humana intensificó de forma notable tanto la violencia como la extensión del episodio. En concreto, la tasa de precipitación intradiaria aumentó un 21 %, el volumen total de lluvia en la cuenca del río Júcar creció cerca de un 19 % y el área afectada por lluvias extremas —por encima de los 180 milímetros— se expandió un 55 %.
Más lluvia de la esperable y tormentas más energéticas
El trabajo, basado en simulaciones numéricas de alta resolución, compara el clima actual con un escenario hipotético sin influencia humana. Los resultados muestran que por cada grado adicional de calentamiento, la intensidad de la lluvia horaria aumentó alrededor de un 20 %, un valor muy superior al previsto por la relación clásica de Clausius-Clapeyron, que sitúa ese incremento en torno al 7 %.
Los investigadores explican que la dana se vio alimentada por un mar Mediterráneo excepcionalmente cálido, que aportó más humedad e inestabilidad atmosférica. Este “combustible extra” favoreció corrientes ascendentes más potentes y procesos internos en las nubes —como la formación de granizo— que hicieron las tormentas más complejas y destructivas.
Un aviso sobre el futuro del Mediterráneo
Según el estudio, pequeños aumentos en la evaporación y en el transporte de vapor de agua se tradujeron en grandes liberaciones de calor latente, amplificando de manera no lineal la energía de las tormentas. El resultado fue una precipitación mucho más intensa y concentrada en amplias zonas, con consecuencias hidrológicas severas.
Las conclusiones apuntan a que los episodios extremos en el Mediterráneo occidental podrían evolucionar hacia escenarios cada vez más peligrosos si continúa el calentamiento global. Los autores subrayan la urgencia de reforzar la investigación, mejorar la predicción y la monitorización de estos fenómenos y revisar la planificación urbana y territorial para reducir el riesgo ante inundaciones cada vez más probables.
El estudio refuerza así una advertencia clara: el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino un factor que está intensificando las catástrofes del presente.





